Scalinata di Trinitá dei Monti
URBANA
Plaza de España
Francesco De Sanctis y Alessandro Specchi 1723-1725
Proyecto realizado
41.90641; 12.48294

La escalinata de la Piazza di Spagna constituye uno de los hitos arquitectónicos más emblemáticos de Roma. Construida con el patrocinio de la monarquía francesa, refleja de manera ejemplar la sensibilidad barroca hacia la teatralidad urbana. Al mismo tiempo, ha trascendido su contexto original para convertirse en un modelo de espacio público, donde se entrelazan funciones de circulación, encuentro y representación, y donde aparecen también las fricciones de la ciudad contemporánea.
Desde una perspectiva histórico-artística, la escalinata responde al ideal barroco de integración de arquitectura, paisaje y vida social. La pendiente entre la iglesia de la Trinità dei Monti y la Piazza di Spagna no se resuelve mediante un simple acceso funcional, sino a través de un recorrido coreográfico que alterna rampas, descansos y giros suaves.
Su relevancia no se limita a la función práctica de conectar dos niveles —la plaza inferior, dominada por la fuente de la Barcaccia, y la iglesia de la Trinità dei Monti en la parte superior—, sino que radica en su capacidad de transformar esa necesidad en un espectáculo arquitectónico de gran fuerza escenográfica.
En primer lugar, la escalinata se concibe como un auténtico escenario urbano. Lejos de presentarse como un elemento meramente funcional, articula los distintos componentes de la plaza y los dispone como si fueran los elementos de una escenografía teatral: la fuente en el plano bajo, la sucesión de peldaños en movimiento ascendente y, finalmente, el templo coronando la composición. Este orden no es casual; responde a una intención barroca de guiar la mirada del espectador y generar una progresión dramática en el espacio.
El movimiento constituye otro rasgo fundamental de su teatralidad. Los tramos curvos y las expansiones y contracciones de la escalinata producen un dinamismo que evita la rigidez lineal. Este diseño no solo multiplica las perspectivas, sino que también introduce un ritmo visual que recuerda la gestualidad exuberante del arte barroco. A medida que el visitante asciende, cada tramo ofrece nuevas visiones, acentuando la sensación de descubrimiento y sorpresa, principios característicos de la retórica visual barroca.
Asimismo, la escalinata implica de manera activa al espectador. No se limita a ser contemplada desde la distancia, sino que invita a ser recorrida, habitada y apropiada. En este sentido, la arquitectura barroca convierte al ciudadano en protagonista de un “teatro de la ciudad”, en el que cada persona es simultáneamente público y actor. Esta cualidad participativa potencia la dimensión social del espacio y subraya la vocación barroca de integrar la vida cotidiana en un marco de representación.
La teatralidad se intensifica mediante el contraste entre los polos que articula: de la intimidad de la fuente Barcaccia, con su carácter cercano y horizontal, se asciende a la monumentalidad solemne de la iglesia en lo alto. Esta transición no es meramente física, sino simbólica: constituye una elevación gradual desde lo terrenal hasta lo espiritual, mediada por la experiencia estética de la escalinata. Así, lo arquitectónico se convierte en una metáfora escénica de ascensión y trascendencia.
Asimismo, su dimensión de representación permanece activa. Si en el siglo XVIII la escalinata fue expresión del poder religioso y del mecenazgo político, en la actualidad se ha transformado en un ícono cultural y turístico. Su imagen, reproducida en el cine, la fotografía y la memoria colectiva, refuerza la capacidad de la arquitectura de construir símbolos perdurables, capaces de mantener su poder evocador más allá de su contexto original.
Su amplitud y su carácter habitable la convierten en una suerte de “plaza vertical”, apropiada para la reunión, el descanso y la interacción social. Este uso espontáneo por parte de locales y visitantes demuestra la vigencia del diseño barroco como generador de espacios inclusivos y versátiles. En una ciudad donde el espacio público es un recurso escaso y valioso, la Escalinata de la Piazza di Spagna funciona como un laboratorio vivo de sociabilidad urbana.
No obstante, este carácter icónico plantea también tensiones contemporáneas. El turismo masivo, que convierte a la escalinata en escenario de tránsito constante y en telón de fondo de prácticas de consumo cultural, amenaza con desgastar tanto su materialidad como su valor social. La ciudad ha establecido normativas para limitar conductas que deterioran la arquitecutra, como el consumo de alimentos o el uso indebido de los peldaños. Estos desafíos ponen en evidencia la fragilidad del patrimonio cuando se enfrenta a presiones globales, al mismo tiempo que abren el debate sobre cómo compatibilizar la conservación arquitectónica con el derecho de la ciudadanía a disfrutar del espacio público.