Carceri d´Invenzione
IMPOSIBLES
Giovanni Battista Piranesi
1745 / 1761
Proyectos Dibujados

La serie de grabados Carceri d’Invenzione (Prisiones de la invención) de Giovanni Battista Piranesi, publicada por primera vez hacia 1745 y luego revisada en 1761, constituye una exploración sin precedentes de la imaginación arquitectónica, como si fueran visiones de una mente febril. No representan espacios reales sino territorios mentales, donde la arquitectura se disuelve en símbolo y el orden se confunde con el delirio. Piranesi, formado en la Roma de las ruinas clásicas, hace de la prisión un escenario de la imaginación humana: un teatro donde el hombre se enfrenta a sus propios límites y donde cada escalera es una pregunta sin respuesta.

En estas cárceles, la piedra se convierte en pensamiento. Las bóvedas se multiplican como ecos de un sueño repetido, los muros se abren hacia lo infinito, y las sombras insinúan más de lo que muestran. Las escaleras ascienden y descienden sin fin, se cruzan en direcciones opuestas, se interrumpen en el vacío o desaparecen en la penumbra. No conducen a ninguna parte, o quizá conducen al interior mismo de la mente que las imagina. En su estructura se revela el intento humano de ordenar el caos, de construir un sentido en el abismo. Pero cada peldaño es también un paso hacia la perdición: subir no garantiza la salida, y descender puede equivaler a comprender.

En el grabado VI, El fuego humeante, Piranesi despliega un espacio gobernado por un resplandor que no ilumina del todo. En el centro, un fuego exhala un humo espeso que asciende entre escaleras y arcadas. El ojo del espectador, guiado por los haces de luz, intenta seguir el curso de las rampas, pero se pierde en su laberinto. Allí, el fuego parece el corazón de una revelación inalcanzable: la fuente del conocimiento y, al mismo tiempo, del castigo. Las escaleras que se acercan a él arden simbólicamente en su propia contradicción: avanzar hacia la luz es también hundirse en la sombra. Piranesi logra que el espacio, construido con precisión casi matemática, se disuelva en una atmósfera de incertidumbre. Lo sólido se vuelve ilusorio; la arquitectura se convierte en respiración, en humo.

En el grabado XIV, El arco gótico, la prisión se abre hacia una trascendencia ilusoria. La presencia del arco apuntado introduce una nostalgia de lo sagrado, una promesa de salida que nunca se cumple. Las escaleras se enredan alrededor de este umbral, lo circundan sin alcanzarlo, como si presintieran que más allá de ese arco no hay liberación, sino otro recinto del mismo laberinto. Piranesi construye aquí una metáfora de la condición humana: el deseo de elevarse hacia la luz y el peso de la materia que arrastra de nuevo hacia la oscuridad. El arco gótico se erige como el ojo de una aguja imposible, un símbolo de la tensión entre el cuerpo y el espíritu, entre el anhelo de infinito y la certeza del encierro.

En las Carceri, el espacio se multiplica hasta disolverse. No hay centro ni periferia; el horizonte está siempre más allá del marco. La mirada del espectador se extravía, y en ese extravío encuentra el verdadero sentido de la obra: la experiencia de lo sublime, la fascinación ante lo inconmensurable. Italo Calvino escribió que Piranesi construye “ciudades que se expanden dentro de sí mismas, donde cada calle conduce a otra más profunda, y cada escalera sube hacia un cielo que no existe” (Le città invisibili, 1972). Calvino comprendió que las Carceri son una metáfora de la mente moderna: un espacio donde el pensamiento busca su propia salida y sólo encuentra nuevas habitaciones del mismo laberinto.

La arquitectura de Piranesi es la arquitectura del deseo: deseo de comprender, de alcanzar, de ver. Pero ese deseo se enfrenta siempre a la imposibilidad del fin. Las escaleras que suben se bifurcan, los arcos se repiten, las sombras devoran la perspectiva. En sus cárceles no hay presos visibles porque el prisionero es el propio espectador, atrapado en la mirada. En el grabado, el espacio se abre hacia la infinitud, pero el marco —la hoja de papel— recuerda su límite. Así, Piranesi logra la paradoja del infinito contenido: la vastedad encerrada en la forma, la libertad en el encierro.

La escalera, en este universo, no es sólo un elemento arquitectónico; es un símbolo de tránsito entre mundos. Ascender y descender se confunden, como se confunden la razón y la locura, la claridad y el misterio. En su ritmo se percibe el pulso de la existencia: un movimiento perpetuo que no llega nunca a su destino. Cada escalera es una oración suspendida, una tentativa de sentido frente al abismo.

En las Carceri d’Invenzione, Piranesi anticipa el vértigo moderno del espacio imposible, el mismo que siglos después retomarán Escher o Borges: el deseo de lo infinito encerrado en la lógica de lo finito. Sus grabados son un espejo de la mente humana, donde el pensamiento se multiplica como las bóvedas de una catedral subterránea. En ellos, la arquitectura se transforma en una poética de la duda, en un mapa de lo invisible.

Al contemplar El fuego humeante o El arco gótico, el espectador se enfrenta no a una prisión de piedra, sino a la imagen de su propia conciencia: un lugar donde cada escalera conduce a otra idea, y cada idea, a otra sombra. Piranesi nos enseña que el infinito no está en el espacio, sino en el pensamiento que lo imagina; y que toda arquitectura —como toda mente— es, en el fondo, una cárcel de invención.