Fontana Degli Undici Zampelli
NATURALEZA ARTIFICIAL
Ferdinand Fuga
1741 / 1744
Proyecto Realizado
41.89160 ; 12.46278







La Scalinata degli Undici Zampilli —también conocida como Fontana della Prospettiva— constituye una de las piezas más notables de la arquitectura paisajística del siglo XVIII romano. Diseñada por Ferdinando Fuga entre 1742 y 1744 por encargo del cardenal Neri Maria Corsini, la escalinata se integra en el jardín posterior de la Villa Corsini alla Lungara, hoy parte del Orto Botanico de la Universidad de Roma “La Sapienza”. Su composición combina con maestría arquitectura, escultura, agua y naturaleza, configurando un escenario que traduce en clave moderna las aspiraciones estéticas y simbólicas heredadas del jardín renacentista italiano.
Fuga, arquitecto de profunda formación barroca y ya cercano a la sensibilidad neoclásica, concibe esta estructura como un dispositivo visual y simbólico que articula la pendiente del Gianicolo. En lugar de limitarse a una simple escalera de conexión, la convierte en una cascada arquitectónica, un artificio hidráulico que domestica el desnivel natural del terreno para transformarlo en un espectáculo de agua, mármol y vegetación. De este modo, la obra prolonga la tradición de los jardines manieristas y renacentistas, evocando la teatralidad hidráulica de la Villa d’Este en Tivoli o la refinada composición en terrazas de la Villa Lante en Bagnaia. En todas ellas, el agua no es solo elemento decorativo sino principio estructurador: modela la secuencia espacial, guía la mirada y produce una experiencia multisensorial en la que el paisaje se vuelve un escenario vivo.
La Scalinata se dispone en eje con el cuerpo meridional del palacio Corsini, estableciendo una relación axial entre arquitectura y naturaleza. La pendiente se transforma en una sucesión de planos ascendentes en los que alternan escalones de mármol, vascas y chorros de agua —once en total, de ahí su nombre— que descienden escalonadamente. Este diseño convierte el recorrido en un tránsito entre lo natural y lo artificial, entre el movimiento del agua y la quietud de la piedra, y entre el orden geométrico impuesto por el hombre y la irregularidad del terreno. El resultado es una composición de gran equilibrio, en la que el artificio arquitectónico no niega la naturaleza, sino que la interpreta y la sublima.
Fuga demuestra en esta obra su capacidad para sintetizar la monumentalidad barroca con la elegancia racional de la Ilustración. La escalinata no se percibe como un elemento aislado, sino como parte de una puesta en escena global del jardín, donde cada elemento —vegetación, escultura, piedra, agua y luz— colabora en un sistema coherente de percepciones. Desde el palacio, el visitante contempla la fuente como un telón de fondo que organiza la vista; desde abajo, la ascensión hacia la villa se convierte en una experiencia ritual de progresiva elevación visual y sonora. El agua, con su sonido continuo, refuerza esa sensación de ascenso, purificación y dominio del entorno.
Originalmente, la escalinata estaba adornada con esculturas y bustos antiguos, cuidadosamente dispuestos para acentuar su carácter clasicista y erudito. Estas piezas, muchas de las cuales se han perdido o desplazado, recordaban la práctica del coleccionismo romano y el deseo de los Corsini de vincular su linaje con la grandeza de la Antigüedad. Así, la fuente no solo cumplía una función ornamental, sino también representativa: era un manifiesto de poder, cultura y refinamiento.
Como en los modelos de Tivoli o Bagnaia, Fuga emplea el agua como mediadora entre arquitectura y paisaje. Su flujo escalonado crea la ilusión de una cascada natural domesticada, un artificio que celebra el control humano sobre la naturaleza. Sin embargo, este dominio no es absoluto: el arquitecto permite que la vegetación circundante abrace la estructura, integrándola con el bosque del Gianicolo. De este modo, la Scalinata degli Undici Zampilli no impone una geometría rígida, sino que dialoga con el entorno, convirtiéndose en una síntesis entre orden y naturaleza, entre artificio y espontaneidad.
A lo largo del tiempo, la escalinata sufrió el deterioro propio de las obras al aire libre: erosión, pérdida escultórica, disfunción hidráulica y crecimiento descontrolado de la vegetación. No obstante, entre 2003 y 2008 se llevaron a cabo intervenciones de restauración que permitieron recuperar su integridad estructural y funcional, restaurando las vasas, los canales de agua y parte de los revestimientos de mármol. Estudios recientes del Istituto Nazionale per il Restauro han identificado además esculturas dispersas pertenecientes a la fuente, algunas de las cuales se proponen restituir a su emplazamiento original.
Hoy, la obra constituye un ejemplo excepcional de la capacidad del arte y la técnica del siglo XVIII para convertir el paisaje en una obra de arquitectura. En su artificio se condensa una visión del mundo en la que la naturaleza es materia moldeable, susceptible de ser elevada a la categoría de arte mediante la razón y el ingenio humano. En este sentido, Fuga no solo perpetúa la herencia del jardín renacentista, sino que la reformula bajo una sensibilidad moderna, en la que la escenografía del agua se convierte en metáfora del orden, la armonía y la belleza racional del espíritu ilustrado.
La obra permanece hoy como una lección silenciosa de esa ambición de dominar la naturaleza sin destruirla, de hacer del agua y la piedra un lenguaje simbólico capaz de reconciliar el artificio humano con el paisaje.